Su
nombre original fue Orirapúndaro. Era frontera entre tarascos
y chichimecas, lugar de constantes luchas pues ambas etnias lo
disputaban. Perteneció a la Parroquia de Puruándiro,
de la que fue segregado por Don Vasco, para entregarlo a los agustinos.
Fr. Alonso de la Veracruz, en uno de sus provincialatos, envió
a Fr. Diego de Chávez para fundar casa. Llegó a
Yuriria en 1550 y desde luego inició la edificación
del convento, al mismo tiempo que trazaba la urbanización
del pueblo, dotándolo de calles, cañerías,
escuelas, hospital, etc., pero los indígenas formaban un
grupo de personas totalmente desordenado y continuamente amenazado
por guerras. La construcción del convento se comenzó
en un lugar cercano a un cráter apagado y con bastante
liquido en su superficie, conocido como La Joya. Resultando inconveniente
tal predio, se procedió a otra fabrica en el sitio en donde
actualmente se encuentra.
Los
cronistas al escribir esta obra, suelen usar generosamente de
la hipérbole. Nos dicen que es la más grande construcción
del Nuevo Mundo; su torreón se pierde entre las nubes y
solamente es mayor el corazón de quien lo construyó,
etc. No obstante, algo hay de verdad en esas apreciaciones, pues
en esos días no se había levantado aún un
edificio religioso de tales dimensiones, y el mismo Virrey, al
tener noticias de ello, dispuso terminantemente se detuviese el
trabajo. Fr. Diego, quien además de otras cualidades era
un verdadero diplomático, se presentó personalmente
ante el Virrey, obteniendo la concesión de proseguir.
La
Iglesia, en efecto, es de considerables dimensiones: tanto si
longitud, latitud como altura, son muy vasta con un basamento
de tal manera firme, que llena de estupor a quien lo contempla.
La portada es grandiosa en sus cuerpos, calificada como de orden
plateresco indígena. En muchos puntos es similar a la de
Acolman, si bien con el añadido del gusto indígena.
Es curioso que en los dos escudos nobiliarios que aparecen, esté
esculpido en uno, la heráldica de las armas españolas,
mientras en el otro, un ave con las alas abiertas: se antoja el
águila azteca. Se ingresa al convento por un bellísimo
portal constituido por tres amplios arcos, conocidos como Portal
de Peregrinos. El claustro puede calificarse de ejemplar maravilloso,
pues los estilos plateresco, gótico y neoclásico,
se mezclan en atinada armonía. Hay residuos de pintura;
lamentablemente se ha perdido casi totalmente. La planta superior,
primitivamente de madera, ha sido sustituida con una de piedra
y de cal y canto, por cierto con muy buen gusto. La escalera es
monumental, labrada en corazón de mezquite, se encuentra
en la actualidad casi en el mismo estado en el que se colocó
originalmente. Debido al tonelaje de la enorme masa, fue preciso,
según el criterio de entonces, adosar a los muros unos
contrafuertes monstruosos por sus dimensiones, pues en 1608 se
hizo la bóveda el 2º piso. Aunque la idea y supervisión
son de Fr. Diego de Chávez, el verdadero constructor fue
el alarife Don Pedro del Toro, progenitor que fue del primer provincial
criollo que gobernó la Provincia de Michoacán. Fr.
Diego, obrero infatigable, atento no solo a lo religioso, trató
de resolver muchos otros problemas a favor del pueblo: éste,
aunque contaba con algunos manantiales, sufría escasez
de liquido, de modo que, calculando con exactitud la densidad
y hundimiento natural del suelo, cabo una anchísima zanja
desde desde el río Lerma, así transportó
agua para el pueblo, estableciendo una pequeña pero auténtica
laguna, procediendo después a poblarlo con diversas clases
de peces. Todavía en estos días se consumen con
fruición por los habitantes del lugar y los alrededores.