Ministerios Acolitado y Lectorado.
El Evangelio dice: ¨Como el Padre me ha enviado, así los envío yo¨. Jesús confía a sus discípulos su misión. Deja bien claro que lo esencial de la misión es la centralidad de Jesucristo en la vida del cristiano. Jesús aparece en el centro de la comunidad llenando a todos de su paz y alegría. Sin la experiencia de un encuentro intimo, personal y profundo con Cristo Resucitado, nuestra vida cristiana carece de fundamento, y más nuestra vida religiosa. Pero, Jesús no ha convocado a sus discípulos sólo para disfrutar de él, sino para que lo hagan presente en el mundo.
Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.
Los discípulos ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.
Pero sabe que sus discípulos son frágiles y de «fe pequeña». Sabe que ellos necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso, hace con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento (sopló) sobre ellos y les dice: Reciban el Espíritu Santo».
El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro, alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.
Creyentes frágiles y de fe pequeña, así fueron los primeros discípulos y así seguimos siendo nosotros: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro… Sólo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Los hombres que no reciben el Espíritu del Señor, quedan «muertos»; incapaces de actualizar la presencia viva de Jesús.
Mañana, es ¡Pentecostés! La misión de la Iglesia es incomprensible sin el Espíritu. Los cristianos creemos que es el Espíritu quien hace posible que la Iglesia continúe con la obra redentora de Jesús, porque está siempre presente y trabaja siempre en el corazón del mundo. La predicación del Evangelio mediante las palabras y los hechos, el testimonio vivo de Jesús por todas partes, constituyó el núcleo de la misión que San Pablo y los demás Apóstoles realizaban bajo el influjo del Espíritu Santo.
Todo el pueblo cristiano está llamado a vivir del Espíritu para reproducir la presencia viva de Jesús entre las gentes. Esta es la misión de todo cristiano y, en especial de consagrado. Pero, para eso necesita tener la experiencia de Pentecostés en su propia vida. Todo cristiano tiene la oportunidad de vivir la experiencia de Pentecostés en los acontecimientos claves de su existencia humana, como el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, entre otros. Pero, también hay otros momentos en que el Espíritu se manifiesta también de una manera igualmente eficaz; como es el momento de hoy, en que estos 4 jóvenes religiosos agustinos, han sido convocados para recibir los Ministerios del Acolitado y el Lectorado, a fin de que, ungidos por el Espíritu Santo, se sientan más comprometidos con su consagración bautismal y se abran con mayor intensidad a testimoniar su fe, a difundir el Evangelio, la alegre noticia del amor de Dios por todos nosotros. Si no nos está permitido vivir nuestra fe en el anonimato y en la pasividad como simples cristianos, menos permitido nos será a nosotros quienes hemos recibido gratuitamente de Dios su llamado a ser sacramentos de su amor en el mundo. Quiero felicitarlos por la predilección de que han sido objeto de parte de nuestro Padre Dios, al elegirlos para que vayan y den fruto, un fruto abundante en la vida de los hombres. Felicito igualmente a las mamas aquí presentes, en su día y por ser colaboradoras en la construcción del Reino de Dios, al entregar generosamente a sus hijos al servicio de la Iglesia en la Orden de San Agustín.