MISA DE CLAUSURA DE LA REUNION
DE PRIORES SUPERIORES
Nos resulta extraño escuchar en boca de Jesús frases como la que hemos escuchado en el Evangelio de este día: “He venido a prender fuego en el mundo y ojala estuviera ya ardiendo... ¿piensan ustedes que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. Estas ideas de Jesús nos invitan a darle la espalda al inmovilismo y conservadurismo que normalmente tienden a tejer nuestro estilo de vida, y nos animan, en cambio, a asumir una actitud que busque la transformación profunda y radical de nuestra vida religiosa y de nuestra sociedad.
Nos resulta difícil ver a Jesús como alguien que trae un fuego destinado a destruir tanta impureza, mentira, violencia e injusticia. Un Espíritu capaz de transformar la consciencia humana, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a los hombres. Esta imagen y actitud de Jesús nos confunde e incomoda. ¿Por qué? Porque estamos familiarizados con un Jesús bondadoso, pacífico e integrador; y no con un Jesús exigente, comprometido y luchador por la honestidad del hombre consigo mismo y por la dignificación de los hombres creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso nos sentimos un tanto confundidos. Entonces, ¿cómo entender a Jesús para poder seguirle?
Cuando consideramos el Evangelio en toda su integridad, encontramos que el seguidor de Jesús no puede ser un hombre comodino que busca simplemente su tranquilidad y su falsa paz. Tampoco puede ser un hombre de espíritu inmóvil que justifica el actual orden de cosas; y lo justifica para no trabajar animosamente, en un esfuerzo renovador y solidario, por una comunidad de signo profético. Tampoco puede ser un hombre rebelde que, movido por el resentimiento o sentimientos bajos, echa abajo todo para asumir él mismo el lugar de aquellos a los que ha derribado.
En cambio, el que ha entendido a Jesús es un hombre que vive y actúa movido por la pasión y aspiración de colaborar en un cambio profundo y serio de su propia persona y de la comunidad de que forma parte. El verdadero seguidor de Jesús lleva el cambio, la transformación o la “revolución” en su corazón. Una revolución que no es desestabilización, ni insurrección, sino sincera configuración con Cristo, interiorización y decisión de asumir con fidelidad el propio carisma y con creatividad la misión correspondiente, en el contexto histórico de nuestro tiempo.
El orden que con frecuencia defendemos, es todavía un desorden, ya que no hemos logrado superar lacras fuertemente enraizadas que nos provocan luchas por el poder y por los intereses personales y de grupo, descréditos, engaños y escándalos, haciéndonos altamente increíbles ante el Pueblo de Dios y despreciablemente infieles ante los ojos de Dios. ¿Qué hacer para poner orden en nuestras vidas? Según Jesús, ejercer la división dentro de sí mismo, hacerse violencia a sí mismo y transformarse a su imagen. En el fondo se trata de conocer, rescatar y tener como criterios de juicio los valores del Evangelio, los de nuestro Carisma y nuestros valores y recursos humanos más hondos, a fin de que en comunión con Cristo y en Cristo, logremos ser signo profético del Reino y sacramento del amor de Dios en nuestra sociedad.
Quien quiera sentirse seguidor de Jesús, ha de vivir buscando ardientemente que el fuego encendido por el Señor arda cada vez más en este mundo, en su Iglesia y en nuestras comunidades. Pero, antes que nada, ha de exigirse a sí mismo una transformación radical. “Sólo se pide a los cristianos que sean auténticos. Esta es verdaderamente la revolución” (Mounier-E). Esto es válido también para nosotros, religiosos agustinos. Un cambio de estructuras provinciales sin la transformación personal de sus miembros, sería una vulgar farsa. Pidamos pues al Espíritu Santo que encienda en nosotros el fuego de su amor para ser testigos auténticos de Cristo Resucitado en la vida de la Iglesia.