Fiesta de la Virgen del Carmen.
Fiesta Patronal de Pátzcuaro 07
La fiesta litúrgica de este día, extendida a toda la Iglesia en 1726 por Su Santidad Benedicto XIII, recoge la narración bíblica que se entreteje entre la historia del profeta Elías, la historia del monte Carmelo y la figura de la Santísima Virgen María.
En cuanto a la historia del profeta Elías, se nos cuenta que el pueblo de Israel había vuelto a pecar. Entonces, Dios envió a Elías para castigarle. Este profeta, en cuyo corazón y labios ardía el fuego del culto al verdadero Dios, cerró el cielo con el poder de su oración. Tres años y medio no cayó una sola gota de agua sobre la tierra. Arrepentidos, vuelve Elías a interceder por ellos y el Señor escucha su oración, Elías sube a la cumbre del Carmelo. Se postra en tierra y ora con fervor. Manda a su criado que mire hacia el mar. El criado sube y mira. No hay nada. Vuelve a subir hasta siete veces. A la séptima dice: "Se divisa una nubecilla, pequeña como la palma de la mano de un hombre, la cual sube del mar... Y en brevísimo tiempo el cielo se cubrió de nubes con viento, y cayó una gran lluvia".
En el relato del profeta Elías, la Iglesia ha visto simbólicamente en esa nubecilla que emerge del mar a María, que como Madre compasiva y misericordiosa, intercede ante Dios para dejar caer sobre los hombres el agua que da la vida verdadera. Para la Iglesia, Maria es la mediadora universal porque nos comunica a Cristo Resucitado: nuestra Vida. La Virgen del Carmen se nos presenta llevando en sus brazos al Niño Jesús para indicarnos que su función maternal es la de entregarnos, regalarnos a su divino Hijo, para alcanzar la salvación. Es decir, María nos ofrece al mismo Cristo Resucitado quien, por su Espíritu nos rescata del mal y de la muerte y nos da la esperanza de alcanzar la gloria de la Resurrección.
Esta celebración de la Virgen del Carmen quiere imprimirnos un fuerte sentido de esperanza, que mucho necesitamos; porque ante situaciones de desesperanza que frecuentemente vivimos, aparece la Madre de Jesús y de la Iglesia, como quien emerge del mar y asciende a los cielos para hacernos participar de los frutos de la redención de su Hijo Jesucristo. Y con esto nos invita a celebrar tres aspectos fundamentales de nuestra fe:
a) La victoria de Cristo Jesús: Cristo Resucitado, tal como nos lo presenta Pablo, es el punto culminante de la Historia de la Salvación, del plan salvador de Dios. Él es la "primicia", el primero que triunfa plenamente de la muerte y del mal, pasando a la nueva existencia.
b) La Virgen María, como primera cristiana, como la primera salvada por Cristo, participa de la victoria de su Hijo: es elevada también Ella a la gloria en cuerpo y alma. Porque Ella supo decir “si’’ radical a Dios, porque creyó en él y le fue plenamente obediente en su vida (“hágase en mí según tu Palabra”); por eso es glorificada, como primer fruto de la Pascua, asociada a su victoria. En verdad ha hecho “obras grandes” en Ella el Señor.
c) La esperanza de la gloria para todos los cristianos. El triunfo de Cristo y de su Madre se proyecta a todos nosotros, a la Iglesia y en cierto modo a toda la humanidad. María, como miembro entrañable de la familia eclesial, condensa en sí misma nuestro destino. Su "sí" a Dios fue en cierto modo en nombre de todos nosotros. El "sí" de Dios a Ella, glorificándola, es también un "sí" a todos nosotros. Por eso, la victoria de María nos permite vivir en la esperanza de la gloria futura.
Después de considerar la glorificación de Cristo, de Maria y la esperanza de la nuestra, sabemos que la comunidad cristiana necesita vivir abierta a la esperanza, a no quedarse encerrada en las cosas del más acá, especialmente en estos tiempos tan difíciles por los que atraviesa nuestra sociedad. En su encíclica ("Señor y dador de vida") el Papa Juan Pablo II se extraña de que el mundo pueda olvidarse tan sencillamente de Dios a lo largo de su vida y condena la insensatez del ateísmo, del materialismo, o sea, condena el aceptar sólo aquellas realidades que nosotros podemos ver, sentir y tocar y el rechazar los valores del espíritu. Los tiempos que vivimos son difíciles. El evangelio de Jesús no sólo no es apreciado, sino muchas veces explícitamente marginado o perseguido.
Pero hoy, celebramos la victoria del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte, hecho realidad en María. La glorificación de María nos demuestra que el plan de Dios es plan de vida y salvación para todos y que se cumple, además de en Cristo, también en una persona de nuestra familia. La glorificación de María es una respuesta de Dios al hombre materialista y secularizado que no ve más que los valores económicos o humanos y nos asegura, en cambio, un destino glorioso para el hombre que vive en comunión con Cristo.
Todo el hombre, cuerpo y alma, está destinado a la vida eterna. Esa es la dignidad y futuro del hombre: llegar a poseer "el premio de la gloria", "llegar a participar con ella (María) de su misma gloria en el cielo". Realmente celebramos nuestro propio futuro glorioso, realizado ya en María. Y así como la Virgen cantó el Magnificat, entonando a Dios su alabanza y su acción de gracias; así también nosotros hoy queremos expresar nuestra alegría y nuestra admiración por lo que Dios hace por nosotros, a través de cantos, aclamaciones y, sobre todo, a través de la Plegaria Eucarística, en la que no sólo damos gracias, sino que participamos del misterio pascual, la Muerte y Resurrección de Cristo, para alcanzar la vida eterna, según la promesa de Jesús: "quien come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6.).
Pidamos a nuestra Señora del Carmen que, por su intercesión maternal, haga llover sobre nosotros el agua que da la Vida, a su Hijo Jesucristo, para que libres de todo mal y dóciles a la moción del Espíritu Santo, alcancemos, con Ella y como Ella, la gloria del cielo. Amén.