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Nuestra Señora del Socorro
Fiesta Patronal de Salamanca 07

 

Cuentan las crónicas que desde el mes de Julio de 1536 la Sagrada Imagen de Nuestra Señora del Socorro acompañó a los misioneros agustinos en la tarea de evangelizar a los pueblos originarios de nuestra patria. La Sagrada Imagen era un obsequio de Santo Tomás de Villanueva entregado personalmente al gran apóstol de la Tierra Caliente de Michoacán y Guerrero Fr. Juan Bautista Moya; por ser él, como su maestro, “un devoto ferventísimo de la Madre de Dios y un imitador perfecto de su Socorro maternal, en el ejercicio de la caridad inexhausta hacia los pobres del Reino”. ¿Qué mensaje transmitió esta bendita imagen a los frailes agustinos, comprometidos ya con la evangelización de nuestros pueblos? Comunicó dos mensajes: primero, la comunión con Dios  a través de María y segundo, el ejercicio de la caridad sin límites, eco maravilloso de la Bondad de Jesús y del Socorro de María. Estos dos mensajes habrían de ser los dos pilares sobre los que los agustinos fundamentarían su misión evangelizadora. En realidad, esta fue la espiritualidad misionera que Santo Tomás de Villanueva quiso transmitir a sus hermanos, los frailes agustinos, al obsequiarles la imagen de la Santísima Virgen en su advocación del Socorro.

Es importante y actual tener esa experiencia de salvación que nace del encuentro con Cristo y de la comunión de vida con El. Para esto, era necesario espiritualizar el ambiente y la mentalidad de los nuevos pueblos, para que Cristo fuera aceptado como Hijo de Dios y Redentor de los hombres. Como señala acertadamente el historiador holandés Huizinga, la psicología de las gentes del siglo XV y XVI exigía la sensibilización de lo sobrenatural; y qué mejor que para lograr esta sensibilización acercarse a María, la Madre de Jesucristo. En especial, la Madre de Dios en su advocación del Socorro traduce extraordinariamente bien su papel de intercesora a favor de los hombres, urgidos de redención. Ni el avemaría, donde llamamos a la Virgen Madre de Dios; ni en la salve, donde le decimos Madre de la misericordia, refiriéndonos más bien a ser la madre de quien es la misericordia misma; ni en la letanía lauretana, ni en el misal y el breviario, aparece tan rotundamente proclamada la maternidad de la Virgen sobre todos los hombres como en este título de Madre del Socorro, sinónimo de Madre de todos los hombres, de los desterrados hijos de Eva, abrumados por el desconsuelo y el dolor.

María es nuestra mejor intercesora porque es Madre nuestra. Porque es realmente maternal su solicitud e interés por la salvación humana; porque nos dio la vida al entregar a su Hijo Jesucristo al pie de la cruz por la redención humana; porque recibió de su Hijo moribundo el encargo de adoptarnos a todos los hombres como sus hijos; porque es Madre de Cristo dentro de la economía cristiana, en la cual Jesucristo es nuestro hermano, razón por la cual su Madre ha de ser nuestra Madre.

María es nuestra mejor intercesora porque es nuestra Madre del “Socorro”. Título tierno y adecuado. Porque con su “Fiat”, con su aceptación de la Encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas, aceptó igualmente la misión del Hijo que venía a rescatar a los hombres sumidos en el desamparo terrible del pecado y de la muerte; porque no hay actitud más maternal que la de amparar, la de abrigar, la de estrechar contra el corazón al hijo pequeñuelo, desnudo e indefenso; no hay imagen más expresiva del amor materno que aquella que aprendimos de Jesucristo Señor nuestro; la imagen de la gallina abriendo sus alas para cobijar a los polluelos, aquella imagen que empleaba el ya citado Santo Tomás de Villanueva cuando decía:”De igual modo que los polluelos, si ven volar sobre ellos el gavilán, corren presurosos a refugiarse bajo las alas de su madre, nosotros nos ponemos bajo la protectora sombra de tus alas; no conocemos otro refugio sino a Ti. Tu eres la única esperanza en quien confiamos, Tú eres la única Patrona nuestra a quien todos miramos”.

El segundo mensaje de esta bendita imagen de nuestra Señora del “Socorro” es igualmente actual y hasta urgente. Porque no sólo nos pone de manifiesto el amor exquisito, la caridad exhaustiva de María que intercede por  nosotros; nos señala también que nosotros, como hermanos de Jesucristo e hijos suyos, hemos de ejercitar la caridad, adoptando actitudes de solidaridad, fraternidad y compromiso real por construir una sociedad más justa e igualitaria. Una actitud que destierre de una vez y para siempre la miseria, el hambre, la pobreza, la marginación, miserias que tanto laceran la dignidad humana; una actitud que, por el contrario, haga renacer la esperanza de un futuro más promisorio, abierto a todas las posibilidades del desarrollo humano integral que merecemos como hijos de Dios. Recordemos la imagen de María en las bodas de Caná. Ella simplemente dice a las personas del servicio: “Hagan lo que El les diga” De la misma manera, hoy María nos dice que nosotros seguidores de Jesús hemos de hacer lo que El nos diga. Y Jesús nos dice que hemos de comprometernos en la salvación integral de nuestros hermanos, compartiendo lo que somos y tenemos; compartiendo nuestros bienes materiales y espirituales que el Señor nos ha regalado para enriquecernos y dignificar la condición de nuestros prójimos.

Creo que la evangelización practicada por los agustinos siguió esta línea de compartir la fe, la vida y el trabajo con los pobladores de las tierras que ellos atendieron. Ellos, siguiendo la inspiración de sus mayores y atendiendo los mensajes de María del Socorro, experimentaron la vida en Cristo, dieron testimonio de El y lo transmitieron, integrándose en la vida de los fieles. En una palabra, emprendieron la inculturación del Evangelio con verdadero celo apostólico. Esto significó un esfuerzo que no hemos de perder de vista en la misión a la que la Iglesia nos convoca en la época actual; una misión que exige continuar la obra de la evangelización con nuevo ardor, con nuevos métodos, con nuevas expresiones, según palabras del Papa Juan Pablo II; y una misión que según el Papa Benedicto XVI sólo podrá realizarse, fortaleciendo nuestra comunión con Jesús y nuestro espíritu misionero. Es decir, para poder cumplir con nuestro compromiso misionero hemos de vivir en comunión con Cristo; tener una experiencia amorosa del Señor, y dejarse conducir por la moción del espíritu que se desborda hacia los demás, que contagia a los demás con su fuerza transformadora. Sin la vivencia de esta fuerza espiritual que inspiró la Imagen de Nuestra Señora del Socorro a nuestros primeros misioneros, nuestra vida cristiana será estéril, inoperante e inútil. De ahí que, sólo viviendo en Cristo seremos instrumentos de salvación y cooperadores eficaces del Espíritu para continuar su obra salvadora en la historia humana. No olvidemos que sólo Cristo es el Salvador: sólo El tiene, por la fuerza de su Espíritu, el poder de transformar los corazones de los hombres y su realidad social; sólo El puede, por la acción de su Espíritu, aniquilar las raíces de todos los egoísmos, injusticias, opresiones y degradaciones que afligen al hombre contemporáneo.
Hermanos, volvamos hoy nuestra mirada hacia nuestra Señora del Socorro, para que todos y especialmente las mujeres y hombres de este generoso pueblo de Salamanca, siendo mejores discípulos de Cristo y dejándose mover por su Espíritu, nos comprometamos a construir el cielo nuevo y la tierra nueva que Cristo Resucitado nos pide. Así sea.

 

 

 

 

 

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