Profesión Religiosa Temporal y Solemne.
28/08/07
San Pablo dice: "Nadie puede llamar a Jesús «Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo". Y de modo semejante podríamos decir que no podríamos responder al llamado del Señor, si no es por gracia del mismo Espíritu. El Espíritu Santo es la realidad que hace posible vivir de la vida de Dios, manifestada en Jesucristo (Juan Pablo II). Sin embargo, ser Religioso, es decir “ser memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús…ante el Padre y los hermanos” (cf. VC 22), es prácticamente imposible sin tener una fe profunda y una acendrada vida interior. Pero, ¡qué difícil es alcanzar este objetivo en las circunstancias de nuestro mundo actual! Porque, la vida lleva hoy a muchos hombres y mujeres, y por supuesto a Religiosos/as, a vivir volcados hacia lo exterior, los ruidos, las prisas y la agitación. Nos cuesta mucho trabajo adentrarnos en nuestra propia interioridad. Tenemos miedo, dicen los psicólogos, de encontrarnos con nosotros mismos, con nuestro propio vacío interior o mediocridad.
Por otra parte, se han producido cambios tan profundos en todos los ámbitos de la vida humana, durante estos años, que la fe de muchos se ha visto gravemente sacudida y afectada. Son bastantes los que ya no aciertan a rezar; los que no saben ni cómo ni para qué entrar en comunión con Dios. No sienten nada por dentro. Dios se les ha quedado como algo muy lejano e irreal, alguien con quien ya no saben encontrarse. Y este desconcierto espiritual no sólo ha tocado las puertas de la vida religiosa, sino que ha permeado ya hasta sus fibras más sensibles.
Entonces ¿Cómo podremos liberarnos de esa tentación de vivir siempre y obcecadamente huyendo de nosotros mismos?; ¿cómo lograr y mantener ese contacto y comunicación con Dios, para que realmente se justifique nuestra opción por este estilo de vida? ¿Cómo dinamizar en nuestra vida personal y comunitaria una fe, de tal manera ardiente, que nos permita ser altamente sensibles a la presencia de Dios y dóciles a la moción de su Espíritu?
Realmente lo que necesitamos es tener la experiencia íntima de un Pentecostés personal, vivir plenamente la presencia y fuerza del Espíritu que transforme nuestra mente y nuestro corazón, todo nuestro ser humano, y nos libere de la esterilidad espiritual y humana en que nos debatimos. ¿Por dónde empezar?
Tal vez, lo primero es confiar plenamente en ese Dios que llevamos en lo más hondo de nuestro ser, que nos comprende y acoge tal como somos, con nuestra mediocridad y falta de fe. Dios no ha cambiado, por mucho que hayamos cambiado nosotros. Dios sigue ahí mirando nuestra vida con amor. Dios es amor y no puede negarse a sí mismo. El es nuestro Padre.
Después, necesitamos probablemente pararnos y, simplemente, estar ante la mirada amorosa de nuestro Padre Dios. Detenernos por un momento para conocernos y aceptarnos a nosotros mismos con paz y amor, y escuchar los deseos y la necesidad que hay en nosotros de una vida diferente, más abierta y entregada a Dios. Es fácil que nos encontremos llenos de miedos, preocupaciones o confusión. Tal vez, necesitamos purificar nuestra mirada interior. Fortalecer la honestidad con nosotros mismos. Despertar en nosotros el deseo de la verdad y la transparencia ante Dios. Liberarnos de aquello que nos enturbia por dentro y c1arificar qué es lo que deseamos en estos momentos de nuestra vida.
Es fácil también que nuestra capacidad de amar no esté en las mejores condiciones en el ambiente posmoderno en que vivimos y que eso sea la fuente más importante de nuestro malestar. Ese egoísmo que nos penetra por todas partes, nos encierra en nosotros mismos y nos impide ser más sensibles a la necesidad de compartir lo que somos y tenemos con los demás, especialmente con nuestros hermanos, los escogidos por Dios para dar testimonio de su amor ante los hombres. Sabemos que necesitamos, en el fondo, vivir de manera más generosa y desinteresada, que habría más paz y alegría en nuestra vida, viviendo así.
Hoy queremos ponernos bajo la luz del Espíritu Santo, ya que es El “Señor y dador de vida”. Siempre que nos abrimos a su acción, aunque sea de manera pobre e incierta, él nos hace gustar los frutos de una vida más sana y acertada: «amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de 51» (Ga 5, 22-23).
Pidamos a Dios que nos encienda con la llama de su Espíritu, que nos haga experimentar intensamente nuestro Pentecostés, a fin de creer, vivir y comunicar vitalmente a nuestro prójimo que es el mismo Dios quien, a través de nuestra vida religiosa, actúa en nosotros; que en nosotros puede pensar y sentir Dios, que en nosotros puede amar Dios. Digámosle hoy al Señor con San Agustín: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”.