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SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
01/10/2007


Cuentan los biógrafos que Santa Teresita del Niño Jesús asumió la cruz del dolor y el sufrimiento de su terrible enfermedad (tuberculosis) como un signo de su profundo amor a Dios y como un perfecto holocausto a favor de los pobres pecadores, decía: “Señor, tu hija ha comprendido tu divina luz, ella te pide perdón por sus hermanos, ella acepta comer todo el largo tiempo que Tú quieras el pan del dolor y no quiere levantarse de esta mesa llena de amargura donde comen los pobres pecadores antes del día  que Tú has señalado…!Oh Jesús, si es necesario que la mesa manchada por ellos sea purificada por un alma que te ame, yo quiero comer sola el pan de la prueba hasta que te plazca introducirme en tu reino luminoso. La sola gracia que te pido es la de no ofenderte jamás”. ¡Qué hermosa actitud  de pureza de  amor por Dios y de delicado amor oblativo a favor de los hombres, redimidos por Cristo Jesús!  A pesar de vivir deshecha, crucificada en el cuerpo y en el alma, la comunión íntima de Santa Teresita  con el Cristo sufriente fue tan fuerte, que fue el mismo amor de Cristo el que se expresó a través de su delicada y tierna persona. Vivió crucificada en cuerpo y alma, pero rebosando siempre amor y paz. Se había producido una honda simbiosis entre su alma y el alma de Cristo aun cuando experimentó, también ella, una seria crisis de fe y confianza en Dios; una crisis que martirizaba intensamente su alma.  
¿Proporciona la figura de Santa Teresita del Niño Jesús alguna orientación concreta para el cristiano de nuestro tiempo? Yo diría que su enseñanza es la misma enseñanza que Cristo nos ofrece para orientar nuestra vida en los momentos en que vivimos la tribulación propia de la condición humana. Podríamos decir que su vida y ejemplo:
Encarna la manera más sublime del amor humano, haciendo realidad en su vida la máxima de Jesús, según la cual “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por los demás”. Su amor oblativo, ofrecido a Dios por la salvación de los pobres pecadores, se generaba y alimentaba de su profunda entrega a Aquel que por amor entregó su vida por la salvación de los hombres. ¡Dios mío, cuánto te amo!, solía decir, fijando así la tónica de su sensibilidad espiritual todos los días hasta su muerte. Con suma sencillez y candidez de alma, escribía: “Yo no he dado a Dios más que amor. Él me devolverá amor. “Amar, ser amada y volver a la tierra para hacer amar al Amor”, esa es mi misión. ¡Solo cuenta el amor!
Seguramente que su configuración en el amor de Cristo le hacía entender y aceptar que el dolor y la enfermedad, los conflictos y tribulaciones de la vida no los ha inventado Cristo ni la teología cristiana; que están ahí como parte integrante de nuestra existencia; y que tarde o temprano, todos hemos de enfrentarnos al sufrimiento y la prueba. Por otra parte, sabía que cuando Jesús nos llama a tomar la cruz del sufrimiento no nos está invitando a procurarnos una vida todavía más dolorosa y atormentada, añadiendo nuevo dolor a nuestro vivir diario. Estaba convencida de que tomar la cruz del sufrimiento en el seguimiento de Jesús significaba descubrir cuál era la manera más provechosa y sana de vivir ese sufrimiento que ha de aceptar quien quiere ser humano hasta el final. Y ella comprendió que la manera más provechosa y sana de vivir su calvario era ofrecer todo por amor a Dios y por la redención de la humanidad.
Para Cristo Jesús como para Santa Teresita, el sufrimiento no tiene ningún valor en sí mismo. Es una experiencia negativa que ningún hombre sano ha de buscar arbitrariamente y sin necesidad. Pero al mismo tiempo, es una experiencia ante la cual hemos de tomar postura. Y es aquí donde el cristiano acude al Crucificado para aprender a vivir de manera humana y sublimada su propio sufrimiento. EI sufrimiento forma parte de nuestra condición humana, siempre frágil y caduca. Todos estamos expuestos al dolor y la enfermedad. Todos vivimos amenazados por la desgracia y la muerte. Tomar la cruz, asumir el dolor y el sufrimiento con amor oblativo como Santa Teresita, significa, entonces, vivir esa experiencia dolorosa siguiendo de cerca a Cristo, sostenidos por una confianza absoluta en un Dios que, incluso en los momentos más oscuros, esta junto a nosotros y de nuestra parte.
Santa Teresita nos recuerda el camino para seguir a Jesús, ahí radica su actualidad. De ahí que si seguimos de cerca a Jesús. Si nos unimos a Jesús en el espíritu. Si permitimos que Cristo viva en nosotros, estaremos en condiciones de darle un sentido a nuestro dolor y nuestro sufrimiento: purificaremos nuestra conciencia, haremos de la cruz de nuestro sufrimiento una expresión de donación y entrega al Autor de la vida y nos convertiremos en instrumentos de solidaridad y humanidad para los demás.
Hermanos, hoy, en esta festividad de Santa Teresita del Niño Jesús, el Señor nos invita a abrazar nuestra cruz. Nos llama a amar nuestra cruz. Pero, no porque la cruz tenga un valor en sí misma, sino porque, unidos a Cristo, seremos un signo de amor y redención para el mundo. No olvidemos que la cruz no es el último destino de quien sigue a Cristo. A una vida crucificada como la de Jesús sólo le espera resurrección. Si compartimos la cruz con Jesús, compartiremos también con El la gloria de su resurrección.
Pidamos pues, al Señor que encienda en nosotros aquel amor que inspiró a Santa Teresita del Niño Jesús el deseo de ofrecerle su vida por la salvación de todos los hombres y compartir junto con ella la gloria de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Así sea.

 

 

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