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VOTOS TEMPORALES
Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María (15/08/2007)

 

La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María constituye el marco espléndido para celebrar la consagración de estos jóvenes Novicios, dispuestos a entregar su vida a Dios mediante los votos de pobreza, obediencia y castidad. Efectivamente, por la fe, María se consagró totalmente al Misterio de Dios revelado en Cristo; su Vida fue una constante manifestación de donación y entrega a la voluntad de Dios. Y por la fe, igualmente, estos elegidos por Dios a la Vida Consagrada, según el carisma de San Agustín, consagran sus vidas al Señor, buscando responder con fidelidad a su llamado. La fe es pues el núcleo que enlaza ambas festividades; una fe que está llamada a convertirse en comunión con Dios, en intimidad con él y en una actitud de profunda esperanza de participar de la misma plenitud de vida, de la glorificación manifestada en la Resurrección de Cristo; Misterio que ahora celebramos en la persona de la Madre de nuestro Señor Jesucristo.

San Pablo se complace hablando a los cristianos de la ciudad de Corinto de lo que Dios les promete: Jesucristo ha resucitado y como él todos los hombres están llamados a vivir con toda plenitud. Jesucristo ha sido el primero que ha alcanzado la vida plena, la perfección del ser hombre. Y como él todos los hombres, es decir, la humanidad entera está llamada a avanzar hacia esa perfección.

En Jesucristo tenemos la certeza de que nuestro camino humano es un camino que lleva hacia la superación de todo cuanto haya de mal en nuestra vida: la supresión de toda esclavitud, de toda envidia, de todo poder y fuerza que coloque a unos hombres por encima de otros. Si creemos realmente en la Resurrección de Jesucristo, en su victoria sobre el mal y la muerte, entonces, todas las barreras que impiden la felicidad del hombre serán destruidas, incluso la misma muerte. Por eso, Jesús resucitado, el único Señor, es nuestra seguridad.

Y hoy, al celebrar la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, al celebrar que ella, porque ha creído, también comparte la vida plena de su Hijo Jesucristo, recordamos cuál es el camino que nosotros estamos llamados a seguir: el mismo camino de tanta gente que ha querido creer en Jesús, y que ha sido capaz de vivir poniendo su confianza en el Padre y en su amor, y no en la riqueza, el bienestar personal o el progreso por encima de los demás. Creer en Jesús, como María ha creído, es seguir el camino de entrega y de amor que Jesús ha seguido. Y el que cree en Jesús, alcanza la plenitud de vida que Jesús tiene, la plenitud que Dios ha reservado para todos los hombres, la plenitud que María ya ha obtenido.

Gran significado reviste la fiesta de hoy para estos Novicios que quieren consagrar su vida a Dios mediante los votos de pobreza, obediencia y castidad. Ellos están conscientes de que se aventuran a seguir a Jesús, comprometiéndose a profundizar su fe, a vivir una mayor intimidad con Dios, a fin de darle sentido y orientación a su vida humana; pero también entienden que su consagración ha de conducirlos hacia la plenitud de la vida, a su glorificación, a semejanza de la Madre de Dios.

Pero, la pregunta es espontanea: nosotros, ¿tenemos una fe tan grande como la de María? ¿Seremos capaces de confiar en el Señor, de esperar por encima de todo, de vivir apoyados en las promesas de Dios y no en nuestros meritos o talentos personales? La grandeza de María radicó en su entrega personal y profunda a su Hijo Jesucristo. Por ello Dios la escogió, la amó y la hizo subir a la gloria de Dios en cuerpo y alma. María desde entonces, ha sido el marco de referencia para medir la sinceridad, la grandeza y la profundidad de la fe del ser humano en su Hijo Jesucristo. De ahí que tal vez nosotros seamos los primeros que debamos reconocer la necesidad de entrar en un proceso de cambio profundo que cuestione la calidad de nuestra fe y nos estimule a abrirnos más a la acción del Espíritu para alcanzar la comunión con Cristo y nuestra plena consagración a él y a su obra de salvación en nuestra sociedad. Porque es obvio que los cristianos hemos olvidado con demasiada frecuencia que la fe no consiste en creer en algo, sino en creer en Alguien; que en la fe cristiana no se trata de adherirnos fielmente a un credo y, mucho menos, de aceptar ciegamente “un conjunto extraño de doctrinas”, sino de encontrarnos con Alguien vivo que da sentido radical a nuestra existencia. Lo verdaderamente decisivo es encontrarse con la persona de Jesucristo y descubrir, por experiencia personal, que él es el único que puede responder de manera plena a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades más últimas.

EI hombre moderno, decepcionado de dogmas, ideologías y sistemas doctrinales, está ahora más dispuesto a creer en personas que Ie ayuden a vivir y lo puedan “salvar” dando un sentido nuevo a su realidad existencial. En este sentido, ha podido decir el teólogo K. Lehmann que «el hombre moderno solo será creyente cuando haya hecho una experiencia autentica de adhesión a la persona de Jesucristo».

Por eso, los cristianos y especialmente quienes hemos recibido el llamado de seguir al Señor Jesús, hemos de preocuparnos de reavivar nuestra adhesión profunda a la persona de Jesucristo. Solo cuando vivamos “seducidos” por él y trabajados por la fuerza regeneradora de su persona, podremos contagiar también hoy su espíritu y su visión de la vida. De lo contrario, seguiremos proclamando con los labios doctrinas sublimes, al mismo tiempo que seguiremos viviendo una fe mediocre, poco convincente y nada comprometida.

Ibn Arabi escribió que «aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse». ¿Cuántos cristianos podrían hoy intuir desde su experiencia personal la verdad que se encierra en estas palabras? Ojalá que nosotros seamos de los infectados por esa enfermedad que se llama Jesús y que impregnados de su Espíritu sepamos morir con Cristo, consagrándonos a él de todo corazón, sin condiciones de tiempo, al estilo de María, la Madre de Dios.

 

 

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