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LA RESPUESTA VOCACIONAL A LA MANERA AGUSTINIANA

Los Agustinos nos llamamos frailes o hermanos porque nos queremos reconocer todos como hermanos, hijos de un mismo Padre, y hacemos de ello el principio de nuestra convivencia, teniendo en la igualdad de todos el signo de nuestra fraternidad.

Lo primero por lo que estamos reunidos en comunidad es para vivir concordemente y tener una alma sola y corazón unidos hacia Dios.

Así, pues, el fraile Agustino quiere hacer hoy el seguimiento de Cristo a través de la profesión de los Consejos Evangélicos desde el don o carisma que el Espíritu Santo ha suscitado a San Agustin e, históricamente, en el siglo XIII, al grupo de hermanos, congregados por los Papas Inocencio IV y Alejandro IV, para vivir la espiritualidad evangélica al estilo de la “fraternidades apostólicas” u “Ordenes Mendicantes” que quieren vivir en comunidad y pobreza de acuerdo a la experiencia de la primitiva comunidad cristiana (Hech. 4, 32- 35).

La espiritualidad Agustiniana se hace evidente en algunos aspectos específicos: Interioridad, Vida Comunitaria y Misión o Apostolado.

Interioridad. Espíritu abierto en la búsqueda constante de Dios, sentimiento de inquietud existencial, teniendo como compañeros de camino la Palabra de Dios y la oración. En el interior de la persona se encuentra la verdad. Hay que hacer el camino: de afuera hacia adentro y de adentro hacia arriba.

Hay que lograr la adhesión total a la persona de Jesús-Cristo. Hacerlo el eje en torno al cual gire toda la existencia. El es el Camino, la Verdad y la Vida. Es quien nos revela al Padre y nos da el don de su Espíritu. Nuestra vida es Cristo céntrica y Trinitaria.

Se requiere un gran amor a la verdad y se necesita una sincera dedicación al estudio.
Es necesario creer para entender y entender para creer.

Vida Comunitaria. La comunidad es el lugar de nuestro común encuentro con Dios. En ella encontramos el mutuo respeto a las personas y el impulso adecuado para el necesario desarrollo humano integral: salud corporal, moral, intelectual, emocional, espiritual y social.

El respeto y amor a la comunidad fundada en la humildad y no en el poder nos lleva a un autentico encuentro de personas y a cultivar el grado mas elevado de las relaciones humanas en las que se comparte la fe, la esperanza, los afectos, los ideales, los pensamientos, las actividades, las responsabilidades, las limitaciones los fallos, etc. Y se pone en práctica el mandato del Señor: el amor al prójimo como a uno mismo.

El amor es el fundamento de la comunidad. El amor a Dios es el primero como mandamiento, pero el amor al prójimo es lo primero a nivel práctico. El amor al prójimo es la norma concreta de nuestro amor a Dios y es el medio mas apropiado para expresar concretamente nuestro amor a Dios.

La humildad es el terreno fértil del amor. El amor supone siempre la propia capacidad para superar el egotismo y abrirse a los demás. Pero esto no se puede hacer sin la humildad, que derriban los muros que aprisionan al yo en si mismo.
En la comunidad se cultiva la amistad que se fundamenta en amor y la confianza mutuos y nos hace desear el bien para el otro (amor benevolentiae).

La primera condición para formar la comunidad Agustiniana la encontramos en la “comparición de los bienes” que implica no solamente la puesta en común de los bienes materiales sino también de los bienes espirituales. Este compartir, acompañado de un estilo de vida frugal y ascética, nos abre a una profunda libertad interior, sin limitarse a la construcción de una comunidad solo para nosotros, sino que se extiende a la realización de una sociedad mejor y más justa.

Misión o Apostolado. Una profunda fe y amor a la Iglesia como madre. El apostolado es “una dimensión integral de nuestra vida religiosa” en la que encontramos “una expresión y un alimento del amor de Cristo” pues va mucho mas allá de una mera actividad ya que abarca toda nuestra vida. La vocación religiosa se pone en primer lugar y en ese ámbito se vive nuestra vocación al apostolado, siendo toda comunidad agustiniana un signo de esperanza y un testigo en la sociedad. Nosotros ejercemos el apostolado pero no a costa del carisma agustiniano, es decir, de la vida de la comunidad, pues ella misma es una forma de apostolado.

Los frailes Agustinos alumbramos desde nuestra opción de vida los diferentes servicios y ministerios que prestamos en los campos de trabajo apostólico, tan variados como son las necesidades de la Iglesia con los retos que presenta la sociedad del nuevo milenio. Nos ha convocado el Papa a una “Nueva Evangelización” en la cual la doctrina social de la Iglesia, el compromiso por el bien común de todos, solidariedad, deben jugar un mayor papel.

El Papa Juan Pablo II también nos ha encomendado especialmente a los Agustinos, con formas modernas de servicio pastoral, ayudar al hombre contemporáneo a descubrir el sentido trascendente de la vida haciendo sugerencias y propuestas para una acción apostólica renovada.


Fr. Gregorio Gallardo López, o.s.a.